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Los barriletes no son todos iguales. Están los clásicos con forma de cometa que tienen cuatro lados y una cola larga que los mantiene apuntando al viento.

También hay triangulares, de seis lados y otros que simulan ser pulpos, dragones, mariposas gigantes y unas cuantas cosas más.

Mi preferido no es ninguno de esos. Tiene tantos lados que es casi redondo y se llama Apolo, como el dios griego del Sol. Lo conocí un verano en la playa. Ibamos todos los días muy temprano con mis papás. Armábamos la carpa, ellos se recostaban en las reposeras y yo, balde en mano, juntaba los caracoles que traía el mar.

En eso aparecía Apolo en el cielo. Su dueño, un tal Filiberto, corría de un lado a otro durante un largo rato. Lo paseaba como si fuera un perro inquieto buscando su árbol favorito. Cuando Filiberto se cansaba, ataba el hilo a un poste clavado en la arena y dejaba que Apolo hiciera acrobacias solo. Me encantaba verlo.

Un día noté preocupado a Filiberto. Apolo se comportaba raro. Miraba el horizonte con sus ojos anaranjados y lo hacía correr más de lo habitual. Cuando llegó la hora de volver a casa, no quiso bajar. Por más fuerza que hiciera Filiberto, su amigo de papel se mantenía firme y gritaba:

– ¡Estoy bien acá! ¡Dejame disfrutar el paisaje!

– ¡Ya es tarde, Apolo! ¿Cuánto tiempo más te querés quedar?

Las personas que estaban alrededor se miraban extrañadas. Creían que Filiberto hablaba solo, pero yo, que había escuchado al barrilete, les expliqué lo que sucedía. Entonces, algunos se colgaron del hilo con la intención de ayudarlo. Tiraron para abajo una vez, dos, tres…

No hubo caso. Apolo resistía ese peso y mucho más.

– A mi barrilete le gusta observar la espuma de las olas y encontrar la tierra del otro lado del mar. Siempre me lo dice, pero hasta ahora nunca se había negado a bajar.

– ¡Qué maravilla, Filiberto! ¡Allá está Africa! ¡Tenés que verlo!

Ya nadie tenía dudas. El barrilete hablaba.

– No es Africa, Apolo. Debe ser una isla.

– ¿Cómo va a ser una isla si veo flamencos?

– Seguramente son gaviotas, Apolo…

– ¿Marmotas? ¿A vos te parece?

– ¡Gaviotas, dije! ¿Ves que no me escuchás? ¡Bajá ya mismo!

– ¿Y si mejor subís vos? ¡Dale! ¡Volá conmigo!

Filiberto tenía miedo a las alturas. Sentía vértigo. Lo descubrió cuando era chico y subió muy entusiasmado al trampolín más alto de la pileta del club. Cuando estaba por tirarse, las piernas le temblaron tanto que terminó bajando por las escaleras.

– Vos sabés que no puedo, Apolo.

– Yo creo que podés, pero no te animás.

La noche no tardó en llegar. El sol se fue por el horizonte y el barrilete pudo contemplar las estrellas. No las conocía. Siempre había paseado de día.

– Apolo, me voy a dormir a casa. Te dejo atado y mañana bien temprano te vengo a buscar –le dijo Filiberto.

La gente ya se había ido de la playa. Mientras desarmábamos la carpa, con mis papás nos quedamos mirando la escena como si se tratara de un cuento.

Al otro día volvimos, pero el barrilete no estaba. Tampoco su dueño. Tomé un gran caracol que encontré en la orilla y lo acerqué a mi oído. Escuché el sonido del mar y un susurro desde lejos que decía: “¡Apolo! ¡Tenés razón! ¡Qué lindo es volar!”

Los que quieren otro final, pueden seguir leyendo: 

Alcé la vista y lo vi a Filiberto. Estaba feliz. Planeaba como un pájaro y se dejaba llevar por el viento.

 

Autor: Darío Nudler. Todos los derechos reservados.

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