La escalera mecánica

Pedro subió al auto. Su mamá le abrochó el cinturón y, apenas arrancó, comenzó a escuchar las quejas de su hijo:

– No quiero ir al shopping, Má. Me aburre ver vidrieras.

– Esta vez vamos a hacer rápido, Pedro. Te lo prometo.

– Bueno, te acompaño si me comprás un autito.

La mamá ensayó un “no” y otro “no”, pero fue en vano: El persistente llanto de Pedro la venció. “Buaaaaaaaaaaaa…”

– Está bien. Te voy a comprar un autito -dijo resignada.

El viaje no fue corto ni largo. Habrá durado lo mismo que tarda en hacerse una pizza. Una vez en el shopping, Pedro tironeó del brazo de su mamá con dirección a la juguetería.

Debían ir al primer piso. Cuando llegaron a la escalera mecánica, Pedro recordó que esos escalones metálicos y puntiagudos le causaban terror. Se le vino a la mente la anécdota que le contó su amigo Lucio: una vez a la tía se le enganchó la pollera cuando bajó de la escalera y… ¡Casi se queda sin ropa!

Al subir, Pedro apretó fuerte la mano de su mamá y tambaleó un poco antes de recuperar el equilibrio.

– Má, ¿mis pantalones pueden quedar atrapados en la escalera mecánica?

– No, Pedro. Ya te dije que la historia de la pollera no es cierta.

– ¿Vos estás diciendo que Lucio miente?

– No sé, tal vez es un poco exagerado…

– Igual yo no tengo miedo.

– ¿Ah, no? Entonces, ¿por qué tiembla tu mano?

– Porque hace frío. Brrr… ¡Qué fuerte está el aire acondicionado!

De repente, un hecho muy extraño los sorprendió. Justo cuando estaban por llegar al primer piso, la escalera se detuvo.

¡Epa! –exclamó el señor que estaba detrás de ellos.

Debido al freno repentino, a la nena que iba adelante se le cayó el helado. Había vainilla y dulce de leche esparcidos a sus pies. El cucurucho había quedado con la punta mirando al techo, como si se tratara del sombrero de una bruja mala que se había derretido.

– ¿Qué pasa? -preguntó Pedro.

– Nada, hijo. Se debe haber cortado la electricidad o alguien debe haber presionado el botón de stop que está al pie de la escalera.

Pedro miró a su alrededor y vio que en todos los locales había luz. La electricidad no se había cortado en el shopping. Luego miró hacia atrás y no vio a nadie cerca del botón rojo que mencionó su mamá.

Segundos después, se escuchó un silbido y la escalera retomó su marcha. Fue como si se hubiese detenido un momento a descansar. ¿Pero acaso las máquinas necesitan descansar?

Pedro y su mamá llegaron al primer piso. Fueron a la juguetería y compraron un autito parecido a los de Fórmula 1. ¡Tenía una pinta bárbara! Aprovechando que a Pedro le divertía hacerlo andar por todas las superficies posibles, la mamá recorrió los locales que le gustaban. Fueron tantos que ambos terminaron exhaustos.

– ¡Má, me duelen los pies!

– A mí también. Vamos a casa.

Cuando bajaban por el ascensor rumbo al estacionamiento, Pedro observó la escalera mecánica y notó algo extraño. Se habría acercado si no fuera porque se le revolvía el estómago de solo pensar en volver a pisar esos escalones que aparecían de la nada y se iban con destino incierto cuando llegaban al piso de arriba.

Al otro día, apenas vio a su amiga Ema en el colegio, le contó lo que había pasado:

– Estábamos con mi mamá subiendo por la escalera mecánica cuando de pronto se frenó. Hizo un ruido muy fuerte. ¡Pum! ¡Paf! ¡Chischas! A la chica de adelante se le cayó el helado y se puso a llorar. No paró hasta que su mamá le compró otro.

– Vos hubieras hecho lo mismo.

– ¡No me interrumpas! Dejame que te siga contando… Lo raro es que nadie había tocado el botón rojo de stop.

– ¿Hay un botón rojo de stop?

– Sí. ¿No lo sabías?

– No…

– Bueno, la cuestión es que todos gritaban. ¡Aghggggh! ¡Huy! ¡Achís! Yo no me asusté. Mi mamá tampoco. Al ratito, la escalera volvió a funcionar. El señor de atrás casi termina rodando.

– ¿Y descubriste por qué se detuvo la escalera?

– Creo saber por qué, pero necesito tu ayuda para estar recontraseguro.

– ¿Mi ayuda?

– Sí, porque vos sos inteligente.

– Se te olvidó decir que soy linda y valiente.

– Bueno, eso también. Ahora tenés que guardar este secreto: Esos escalones tienen vida. Cuando no había nadie en la escalera, vi que se movían para arriba y para abajo, como si conversaran.

Ema no podía creer lo que escuchaba. ¿Una escalera mecánica con vida? ¿Escalones que hablaban? ¿Estará bien Pedro o duerme tan poco que sueña despierto?

– ¡Vayamos al shopping este fin de semana! -exclamó Ema aplaudiendo de la emoción.

– ¿Te parece?

– ¡Claro que sí! No me digas que tenés miedo, Pedro.

– ¿Miedo, yo? ¡Jamás!

– Bueno, ya tengo el plan: Me invitás al cine. Le decís a tu mamá que nos lleve a la función de la noche. Cuando termine la película, le pedimos que nos compre comida y corremos dos minutos a ver la escalera -propuso Ema.

Llegó el sábado y los chicos estaban listos para la acción. Ema llevaba lupa, cuaderno, cinta adhesiva y lápices de tres colores, además del negro. El verde era para describir lo que observarían; el rojo, para anotar las dudas; y el fucsia, para hacer garabatos.

– ¿Y el negro para qué lo trajiste? –le preguntó Pedro.

– Más vale prevenir que curar –contestó ella haciéndose la misteriosa.

Pedro llevaba una linterna y un alfajor. Su abuela siempre le decía que el chocolate hacía más inteligentes a las personas.

Cuando terminó la película, la mamá de Pedro fue al patio de comidas para ordenar la cena y los chicos aprovecharon para lanzarse a la aventura. Con el permiso de la mamá, por supuesto.

Se aproximaron sigilosos a la escalera y, para su sorpresa, la encontraron funcionando en sentido contrario: En lugar de subir, bajaba. Iba lento, cada vez más lento, hasta que se detuvo.

Ema y Pedro se acercaron un poco más y… ¡escucharon ronquidos!

– “Jrjrjrjr uiiiii, jrjrjrjr uiiiii”.

– Se quedaron dormidos, Pedro -comentó Ema en voz muy baja.

Después de un día agotador, los escalones balbuceaban entre dientes de metal: “¡Sonamos!, ahí viene la nena de zapatillas con rueditas que siempre se patina”, “¡Sacá el pie, che! Pisaste un chicle y me lo estás pegando en la cara”.

– ¡Tienen pesadillas! –exclamó Pedro.

Sin querer, despertó al escalón que estaba más cerca.

– ¡Oaaa! ¡Oaaa! –se desperezó. ¡Ay, chicos! ¡Ustedes no saben lo duro que es ser escalón! Nos movemos tooooodo el día en la misma dirección y trasladamos a muchas personas molestas: Corren como si no llegaran al baño, vuelcan sus bebidas, se quejan porque nos movemos lento, se quejan porque nos movemos rápido…

– Son terribles –acotó el escalón de abajo y le dijo a su amigo: -¿Te acordás de la señora que nos tiró los papelitos de sus caramelos? Hiciste bien en tironearle de la pollera.

– ¿Entonces la historia de la tía de Lucio es verdadera? –los interrogó asombrado Pedro.

– ¡Claro! ¡Casi la dejamos sin ropa! –contestaron entre risas los escalones.

El escalón más cercano suspiró y prosiguió:

– Daría todo por ser ascensor. Tendría botones luminosos, anunciaría por un parlante qué piso sigue y todas las tardes cerraría la puerta un rato para dormir la siesta.

Ema y Pedro los escuchaban con atención.

– ¡Nosotros vamos a ayudarlos! –dijo ella-. Vamos a pegar carteles en los extremos de la escalera que indiquen lo siguiente: “Si pisó chicle, no suba. Recuerde cerrar bien su botella y no tirar papelitos. De lunes a viernes se sube. Sábados y domingos se baja. Si sus zapatillas tienen rueditas, utilice el ascensor. Gracias.”

“Clap, clap, clap”. Los escalones aplaudían.

– Y en la escalera de enfrente podemos poner carteles que digan que se baja de lunes a viernes y se sube los fines de semana –sugirió Pedro.

Los chicos arrancaron cuatro hojas del cuaderno, armaron los carteles y los pegaron en las dos escaleras. Chocaron sus manos para celebrar la buena acción y se fueron corriendo al patio de comidas.

En el camino, un quejido los detuvo. Era el ascensor. De tanto subir y bajar, estaba mareado.

– ¡Ojalá fuese escalera mecánica para seguir una única dirección! ¡Tampoco quiero tener botones! ¡Hay gente que toca dos al mismo tiempo y no sé a qué piso ir! -se lamentaba.

Ema miró a su amigo:

– El próximo sábado te invito yo al cine. Tenemos otro problema que resolver –le dijo, y se fueron volando a comer.

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2018-12-05T14:09:17+00:00

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