Si algo le gustaba hacer a Jana, era jugar. Vivía frente al mar y, desde su ventana, solía observar un pequeño barco de madera encallado en la arena que un pescador había abandonado para probar suerte en otra ciudad.

El barco era verde y naranja. Estaba algo despintado. El viento lo había inclinado hacia su izquierda y por ahí subía Jana todas las tardes al regresar de la escuela.

Subía al barco y se paraba en la proa. Sobre su hombro derecho llevaba un loro, también de madera. Se llamaba Gaspar.

Jana apuntaba lo más lejos que podía con sus binoculares y anunciaba con entusiasmo:

– ¡Tierra, tierra! ¡Al fin hemos llegado a tierra!

Si hubiese podido, el loro le habría contestado: “Estamos en tierra hace rato”, pero como era de madera aún no había aprendido a hablar.

Jana se imaginaba una travesía fantástica en busca de peces nunca vistos. Algunos eran brillantes como los del Amazonas y se inflaban como el pez globo de Asia. Otros usaban antifaz como el pez emperador del Mar Rojo y tenían aletas largas como las de un tiburón.

– ¡Mirá, Gaspar! ¡Allá hay un pulpo gigante! ¡Mide más de 9 metros y pesa como 300 kilos! –exclamaba Jana señalando con su dedo índice el mar.

El loro miraba y no veía nada.

– ¡La red, marineros! ¡Veo un cardumen de salmones dorados! ¡Vamos a pescarlos!

El loro abría bien los ojos, pero seguía sin ver nada.

– ¡Qué linda ballena! ¡Sáquenle una foto!

El loro Gaspar no tenía celular ni cámara de fotos.

Lo curioso era que, ante cada grito de Jana, el barco crujía como si quisiera salir a navegar.

El mismo sonido hacía cuando la marea subía y una ola generosa lo salpicaba. El pequeño barco extrañaba el agua como un marinero extraña su hogar cuando pasa mucho tiempo en altamar.

Durante el verano, Jana disfrutó de unas vacaciones en la montaña, donde vivían sus tíos. La playa se llenaba de turistas y sus papás buscaban un poco de paz lejos de casa.

Cuando regresó, corrió a abrazar al barco como si se tratara de un amigo al que uno le cuenta todos sus secretos. Para su sorpresa, estaba mucho más cerca de la orilla. ¡Se había movido solo!

El barco la recibió con crujidos y más crujidos.

– ¡Ay, barquito! ¡Cuánto te eché de menos! –le dijo Jana con Gaspar asomando sobre su cabeza-. Algún día vas a regresar al mar.

La niña pasó largas horas pensando qué hacer. Por las noches, se acostaba en la proa y miraba los planetas y las estrellas. Dibujaba figuras en el cielo como hacían los antiguos navegantes para no perderse y le prometía a su amigo que le conseguiría un gran capitán.

Con ayuda del loro y de sus papás, pintó de nuevo el barco y lo bautizó Escorpio, como su constelación favorita. Escribió su nombre en blanco sobre el fondo verde y lo preparó para zarpar, pero el tiempo pasó y ningún pescador apareció.

Jana creció y los años la hicieron más hábil y valiente. De la mano de viejos marineros, aprendió a comandar veleros y usar redes de pesca.
En sus ratos libres, leía cuanto podía sobre historia y aventuras en el mar: los egipcios en el Nilo, los fenicios en el Mediterráneo, los chinos en Asia y África, los caribes en el Orinoco, Colón, Magallanes y muchos más.

Tanto aprendió, que al fin supo quién navegaría con Escorpio en busca de peces fantásticos y de alimento para su gente.

Así fue como Jana se convirtió en capitana.

La capitana que nunca dejó de jugar.

Autor: Darío Nudler. Todos los derechos reservados.

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