Brasilita

Hay islas que pasan miles de años debajo del mar hasta que un día salen a la luz. Unas aparecen luego de un terremoto. Otras, después de la erupción de un volcán escondido en el agua, aunque estas tardan mucho en ponerse lindas porque están llenas de cenizas.

Frente a la costa de una ciudad llamada Capablanca, una tarde en que un temblor sacudió la tierra, emergió una isla con mucha arena y algo de vegetación.

De lejos se veía el verde de sus plantas y el amarillo de la arena. Por sus colores, los chicos de la ciudad eligieron llamarla Brasilita. Eso fue al principio.

A medida que la isla iba conociendo el calor del sol y la blancura de la luna, brotaban de su suelo flores celestes, rojas, lilas y naranjas. Más de uno quiso cambiarle el nombre, pero los chicos se pusieron firmes y le quedó Brasilita nomás.

Cuando los árboles ya habían crecido lo suficiente y los pájaros cantaban sobre sus copas, a la familia de Calixto, uno de los niños más inquietos de Capablanca, se le ocurrió pasear por la costa para observar la isla con binoculares.

La primera que la miró fue Ariadna, la hermanita de Calixto.

– ¡Muuuu, muuuu! –exclamó, mientras señalaba la isla con el dedo índice.

– Es una isla, no una vaca, Ari –la corrigió su mamá.

Calixto tomó los binoculares y se quedó embobado observando a un toro que corría de un extremo a otro de la isla y esquivaba los árboles haciendo zigzag, como si se tratara de un esquiador profesional bajando por una montaña nevada.

La noticia corrió como reguero de pólvora y a las pocas horas la costa estaba repleta de gente que había llevado desde anteojos con mucho aumento hasta telescopios para ver al toro corriendo entre los árboles.

– ¿Cómo llegó ese animal ahí? –se preguntaba la mayoría.

Los chicos, como siempre, tenían la respuesta. Mejor dicho, varias respuestas:

– Muy fácil. Se cayó de un avión ganadero que volaba a baja altura –dijo con cara de sabio un tal Emanuel.

– Nada que ver. Llegó surfeando una ola gigante –aseguró su hermano mellizo Federico.

– Yo lo vi. Lo llevó un tornado. Cayó arriba de las plantas. Por eso no se lastimó –explicó Margarita.

La noche no tardó en llegar y para la mañana siguiente se organizó una expedición en barco a la isla. Se alistaron 200 voluntarios, todos hombres. Decían que el toro podía ser bravo y que no se recomendaba la visita de mujeres hasta que no hubiese sido domado.

Sin embargo, a la hora de zarpar, solo 20 voluntarios se presentaron y tenían tanto miedo que las piernas les temblaban como cuerdas de guitarra.

– ¿Y si vamos juntos, querida? –le preguntó uno de los voluntarios a su esposa.

Minutos después, las esposas, hermanas y primas de los hombres, que se habían acercado al muelle para desearles suerte, estaban arremangándose y subiendo al barco de Miguel, el único capitán de Capablanca dispuesto a amarrar en Brasilita.

Detrás de las valientes mujeres iban en lancha los varones. Escoltaban el barco dispuestos a gritar “¡auxilio!” si el toro no se dejaba domesticar.

Cuando llegaron a la isla, las mujeres bajaron y comenzaron a caminar con sigilo entre la maleza. “Shhhhh”, se decían unas a otras, pero la última tropezó con un sapo que hizo “croac” y terminó tendida en el suelo, acostada sobre un animal muy grande que tenía el pelo negro y dormía profundamente.

– ¡Es el toro! –gritaron.

Todas retrocedieron un paso menos la que se había caído encima del animal. Estaba tan cómoda que prefirió hacer de cuenta que era una almohada gigante.

Para sorpresa de las expedicionarias, el toro de Brasilita abrió los ojos, las miró, sacudió la cabeza para echar a las moscas que zumbaban en sus oídos y apoyó nuevamente su mentón en el suelo, decidido a seguir descansando.

– El pobre corrió tanto ayer que no da más –dijo la líder del grupo.

No hizo falta ponerle un yugo sobre los cuernos. Cuando se incorporó, después de bostezar y estirarse durante un largo rato, el toro se dejó acariciar por todos, incluido el capitán. Le prepararon una ensalada de pasto decorada con flores de la isla y le sirvieron agua en una vasija confeccionada con la cáscara de un coco.

Enterado de su mansedumbre, el gobernador de Capablanca decidió visitar al toro. Quiso preguntarle su nombre, pero no entendió el bramido y optó por darle el privilegio de bautizarlo a la pequeña Ariadna, que había sido la primera en verlo.

– ¡Vaca! –dijo feliz.

– ¡Pero es un toro, no una vaca! –le recordó el gobernador.

– ¡Se llama Vaca! ¡Vaca, Vaca, Vaca! –repitió ella frunciendo el ceño y amagando con enojarse.

Al gobernador no le quedó otra que darle el gusto a Ariadna.

De inmediato, ordenó una inspección a la isla para ver si Vaca había nacido allí o provenía de otro lugar, porque si se trataba de un toro extranjero, debía solicitar la ciudadanía para quedarse en Capablanca y seguir comiendo el pasto de la isla.

Como ni una cosa ni la otra se pudo comprobar, los chicos volvieron a votar.

– Que levanten la mano los que piensan que Vaca debe abandonar Brasilita -dijo el gobernador.

Nadie la levantó.

– Qué levanten la mano los que piensan que debe regar las plantas antes de comer.

Nadie la levantó.

– Que levanten la mano los que piensan que debe recoger las manzanas del suelo con sus cuernos antes de tomar agua.

Nadie la levantó.

– ¿Y si mejor no votamos nada de eso y dejamos que el toro juegue y cuide la isla junto con otros animales para que podamos visitarlo seguido? –planteó el mellizo Emanuel.

Todos levantaron la mano.

– ¡Aprobado por aclamación! –celebró el gobernador.

Así fue como Vaca vivió feliz en Brasilita con muchos amigos que bramaban, mugían, relinchaban, ladraban, maullaban, piaban, cantaban y hablaban.

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2018-12-05T17:21:43+00:00

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