El mago Evaristo

Evaristo no se cansaba de repetirlo:

– ¡Tengo mucha mala suerte!

Yo le preguntaba qué pasó, cómo, cuándo…

– Pinché la pelota, le pegué fuerte, me pasó hoy, me pasó ayer, ¡me pasa siempre!

La última vez fue así: Evaristo estaba jugando un partido de fútbol con sus compañeros en el patio del colegio. Pateó la pelota contra el arco rival y, cuando la vio entrando, gritó “¡goooool!”, pero a último momento el viento la desvió. La pelota pegó en el palo derecho, en el travesaño y se pinchó. Cayó al suelo y quedó desinflándose en la línea del arco. “Pssss…”

El partido se suspendió por falta de pelota y sus compañeros le reprocharon: “¿Por qué le pegaste tan fuerte, Evaristo?”

– ¡Te pedí mil veces que no le des de puntín! –le recordó “Maravilla” Ramiro. Lo habían apodado así porque siempre hacía goles de rabona, de chilena y de caño al arquero.

– ¡Sos tan burro que la única camiseta que te queda bien es la número cero! -lo cargó Gastón, que no jugaba mejor que Evaristo pero le encantaba molestarlo.

– Tiraste dos pelotas a la casa del vecino, pinchaste cuatro… ¡No juegues más, Evaristo! -le ordenó Esteban, el mismo que todos los días le pedía prestada la lapicera.

Evaristo estaba triste. El nunca lloraba, aunque esta vez ganas no le faltaban. Por suerte, no todo lo que recibió fueron quejas o cargadas. Fidel y Mateo, sus mejores amigos, acudieron en su auxilio y lo invitaron a jugar a las cartas hasta que terminara el recreo.

– Todos tenemos un poco de mala suerte, Evaristo –lo consoló Fidel mientras los tres se sentaban a jugar en un rincón del patio.

– Si vos te esforzás, las cosas van a cambiar –aseguró Mateo.

Evaristo asintió. Por dentro pensaba cómo hacer para que su suerte cambiase definitivamente.

Al día siguiente su mamá quiso alegrarlo y le dio plata para comprar un alfajor.

Esperó ansioso el recreo y, cuando sonó la campana, salió disparado rumbo al kiosco sin recordar que estaba mordiendo un lápiz negro con las paletas. De la emoción, mordió tan fuerte el lápiz que se lastimó la encía. Evaristo no pudo comer el alfajor y se lo terminó regalando al kiosquero. “¡Gracias, nene!”, le dijo el señor. Con tantas golosinas a la vista, tenía un hambre…

Llegó la noche y Evaristo no tenía sueño. Quería terminar con la mala suerte que lo perseguía. Pensó y pensó hasta que a la hora en que los pájaros cantan para recibir al sol, exclamó: “¡Ya sé, voy a ser mago!”, y se quedó dormido con una sonrisa de oreja a oreja. Tan profundamente dormido, que ni su mamá ni su papá ni su perro Totono lograron despertarlo para llevarlo al colegio.

Apenas se levantó, antes de ir a desayunar, Evaristo fue a la habitación donde trabajaba el papá y le rogó, colgándose de la remera, que lo anotara en un taller de magia para chicos. A cambio, prometió hacer siempre los deberes.

– ¿Siempre, siempre?

– Bueno, casi siempre.

Llegaron al taller del barrio. Era grande. Tenía cuatro habitaciones repletas de conejos y palomas, galeras y moños, varitas y pañuelos interminables de todos los colores.

Evaristo no tardó en aprender los primeros trucos. Que te hago desaparecer una moneda, que te adivino los naipes, que te saco una pelotita roja de la oreja y así.

Ensayaba con su familia, sus amigos, los vecinos, el kiosquero y también con Totono, que movía la cola, ladraba y le robaba las pelotitas. En los recreos, entretenía a sus amigos y también a algunos de los compañeros que no habían sido tan buenos con él.

Estaba tan entusiasmado con la magia que se compró una varita y una túnica por Internet. Creyó que con un simple “Abracadabra” podría convertir peras en manzanas y hacer volar objetos como si tuvieran alas, pero no resultó.

Evaristo probó con otras palabras:

– Hocus Pocus, toque de azúcar, ¡que esta piedra se convierta en rica fruta!

Tampoco funcionó.

Leyó libros de hechizos y muchas historias fantásticas para descubrir el secreto de la magia, pero lo que finalmente comprendió fue que las brujas y los magos de verdad, si realmente existían, así habían nacido y así vivían, con poderes que él no tenía.

Enojado con la situación, Evaristo tomó la varita con bronca y la arrojó por la ventana de su dormitorio sin notar que Fidel estaba abajo tocando el timbre de su casa.

– ¡Auch!

La varita golpeó en la cabeza de su amigo y Evaristo, cuando vio lo que pasó, exclamó:

– ¡Otra vez la mala suerte!

Pero no. Nada de eso. Su amigo había ido para contarle que sus compañeros querían que hiciera menos magia y volviera a jugar con ellos a la pelota, aunque le pegara fuerte y la pinchara. Además, le enseñó un montón de cuentos donde a una bruja muy simpática los hechizos le salían mal y, sin embargo, se reía.

Evaristo, otra vez, pensó y pensó. Se volvió a colgar de la remera de su papá y le pidió comprar una pelota especial, distinta a las de sus compañeros. Era verde fluorescente, muy linda.

Al otro día fue al colegio, jugó al fútbol, pateó fuerte al arco y, como era de esperar, la pelota se pinchó. Rápidamente, tomó su mochila y sacó la pelota nueva.

– Esta es de goma espuma. Es un poco pesada, pero no se desinfla ni se pincha –dijo Evaristo y, de inmediato, preguntó:

– ¿Quién quiere seguir jugando?

Mateo y Fidel levantaron la mano. “Maravilla” gritó “¡yo!” y los demás se fueron sumando.

El partido continuó y adivinen quién hizo el primer gol.

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2018-12-05T14:06:48+00:00

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