El peón disconforme

– Yo sé que soy solo un peón, pero quiero andar un rato a caballo. ¿Me dejás?

Yamila no lo podía creer. Estaba por jugar su primera partida en el campeonato intercolegial de ajedrez y a uno de sus peones se le ocurría pasearse por el tablero.

Eran sus piezas. Se las había regalado su abuelo Pablo. Las llevaba a cada torneo desde que comenzó a competir. Primero en el barrio, después en el club y ahora como representante de su escuela. A veces jugaba con las blancas, aunque en general elegía las negras.

– Me gusta dejarle la iniciativa al rival y sorprenderlo con mis movimientos –explicaba Yamila.

Las piezas negras sabían de su preferencia y se habían preparado de la mejor manera para el campeonato. Hacía un mes que venían practicando junto con Yamila para gritar “¡jaque mate!” y derrocar al rey de las blancas.

En esas semanas al peón se lo había visto un poco distraído y en una ocasión los alfiles le llamaron la atención.

– ¡Concentrate en tu tarea! -le reclamaron durante un entrenamiento en una mesa de la plaza que tenía tallado en piedra un tablero hermoso.

– ¿Cómo quieren que lo haga si tengo frío? Ustedes están bien porque llevan armadura, pero a mí no me dieron ni un buzo –les respondió el peón tiritando y usando de remera una hoja amarilla del otoño que había caído sobre la mesa-. Esto no abriga nada –se lamentaba.

En otra oportunidad, Yamila lo encontró acostado panza arriba en la mesa de la cocina, muy cerca de un paquete de galletitas de membrillo. Ella le echó la culpa a su hermano Lolo. ¿Quién otro podría haberse comido las galletitas sin permiso?

– No saben qué rico es el membrillo –dicen que dijo el peón cuando la nena lo regresó con sus compañeros a la caja del ajedrez.

Poco tiempo después, Yamila sorprendió al peón adentro del metegol de su hermano. Estaba a un costado del arquero, como esperando que le pasaran la pelota para empujarla al gol. Una vez más, la culpa la tuvo Lolo…

Como los episodios se repetían, un día en que encontró al peón sentado en un autito de colección de su papá, Yamila tomó el marcador de tinta indeleble verde y le hizo una marquita en la cabeza para ver si se trataba siempre de la misma pieza.

Yamila sospechaba que algo extraño sucedía y lo comprobó en pleno torneo intercolegial, cuando al fin escuchó la voz del peón y sus antojos:

– Quiero montar a caballo, quiero probarme la corona del rey, quiero jugar a la Rayuela, quiero, quiero, quiero…

– ¡Shhhhh! ¿No ves que mi contrincante te va a escuchar? Si te movés, va a pensar que estoy haciendo trampa.

– ¿Qué pasa? ¿Te pido permiso y te enojás? Para eso, ni te consulto. ¡Vení caballito, vení!

– ¡Pará, pará! Por favor, hacelo después de la partida. Te prometo que antes de guardarlos en la caja, los dejo un rato en el tablero para que se diviertan.

El peón no la quiso escuchar. En medio del juego, mientras un alfil negro y otro blanco chocaban sus pequeñas espadas de madera, se subió al caballo y comenzó a galopar, pero no resultó ser un gran jinete y, cuando el caballo frenó, salió volando con tanta mala suerte que su cabeza redonda quedó atorada en la terraza de la torre.

– ¡Ey! ¿Qué jugada es esa? ¿Desde cuándo se puede unir la torre con el peón? –la interrogó a Yamila su oponente. El chico observaba la escena confundido.

– Disculpame. No fue a propósito. El peón se me resbaló de la mano. Anda un poco rebelde –respondió ella mirando a su pieza con furia y diciéndole por lo bajo: “¡Ya vas a ver cuando te agarre!”

El peón no se amilanó ante los ojos enrojecidos de Yamila y siguió con sus andanzas a lo largo y ancho del tablero, lo que obligó a la nena a distraer a su rival.

– ¡Qué lindo está el día! ¿Viniste caminando o en auto?

– ¿Eh? Vine caminando. Me acompañó mi papá.

– ¡Ay! ¡Qué maleducada! No te pregunté cómo te llamás.

– Me llamo Joaquín. ¿Vos sos Yamila, no?

– ¡Sí! ¿Cómo lo supiste?

– Por el cartelito que llevás en la remera. Todos tenemos uno…

– ¡Tenés razón! ¡No me di cuenta!

Yamila estaba preocupada. Miraba de reojo el tablero y veía al peón probándose las coronas de los reyes. No le agradaba decir pavadas, pero debía seguir acaparando la atención de Joaquín para que no notara los movimientos del peón.

– Y decime… ¿Hace mucho que jugás este torneo?

– No, Yamila. Si empezó hoy. Este es mi primer partido. También, el tuyo…

– Ah, claro. ¡Qué pregunta tonta te hice! ¡Jajaja!

Yamila sabía que estaba haciendo el ridículo y sentía vergüenza. Dudaba entre contarle a Joaquín lo que sucedía o abandonar la partida e irse del lugar, pero esta última idea no le gustaba ni un poco.

En ese momento, recordó las palabras de su abuelo cuando le regaló el ajedrez: “Solo gana quien disfruta el juego”.

– Ma’ sí, yo te tengo que decir la verdad, Joaquín.

– ¿Qué me tenés que decir?

Joaquín no sabía qué pensar. En una fracción de segundo, se imaginó a Yamila proponiéndole tomar algo en el kiosco y buscó en los bolsillos a ver si tenía plata para invitarle una chocolatada. También la imaginó diciéndole que el perfume que le había puesto su mamá era rico y que se había dado cuenta que pestañeaba más de lo normal cuando hablaba con ella, pero nada de eso sucedió.

– El peón que viste arriba de la torre no se me cayó –le dijo Yamila.

– ¿Ah, no?

– No. Está harto de moverse solo un pasito para adelante y comer en diagonal cuando alguna pieza blanca se distrae. Mientras charlábamos, anduvo cabalgando, bailando un vals con las reinas y probándose las armaduras de los alfiles.

– Las armaduras me quedan un poco grandes. Soy uno o dos talles menos –acotó el peón desde abajo.

Los chicos lo miraron. Se produjo un silencio largo. Yamila levantó la vista y observó tímidamente a Joaquín. No sabía cómo podía reaccionar, pero él, lejos de sorprenderse o enojarse, comenzó a reírse a carcajadas.

– ¿Qué te pasa? ¿No me creés? ¿No escuchaste recién al peón?

– ¡Claro que lo escuché! ¿Cómo no te voy a creer si a mí me pasa lo mismo con la reina?

– ¿Con la reina? ¿Qué problema puede tener tu reina?

– ¿Qué problema? Que el señorito rey me dice todo el tiempo lo que tengo que hacer. Se aprovecha porque soy la única que puede ir de aquí para allá y me manda a comer todo lo que se me cruce en el camino –protestó la reina blanca.

– Si pudiera, lo haría yo, pero no me dejan dar más de un paso por turno. En cualquier dirección, es cierto, pero solo un paso -se excusó el rey. Y prosiguió: -En cambio vos…

– ¿Yo qué? ¡Yo nada! ¡Yo me canso de recibir órdenes! Quiero probarme vestidos, tomar el té, hacer equitación. Todo lo que hace una reina. Pero no, tengo que andar comiendo piezas aun cuando no tengo hambre y amenazando a otros pobres reyes.

En ese momento, el peón negro, tan rebelde como despabilado, le propuso a la reina blanca intercambiar roles por un rato: él jugaría para Joaquín al lado del rey blanco y ella defendería a Yamila en la primera línea de las piezas negras. El, con su marquita verde en la cabeza, podría moverse de aquí para allá y ella podría permanecer más tiempo tranquila en su casillero.

La reina aceptó el trato y los chicos estuvieron de acuerdo. Quedaron, además, en tomar algo en el kiosco después de la partida, gane quien gane.

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2018-12-05T14:08:39+00:00

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